MALAS NOTICIAS
Hoy, Día Internacional de los Derechos Humanos, recordemos que la Declaración Universal de los Derechos Humanos propugna valores globales de igualdad y justicia, e inspiró la lucha para acabar con injusticias como la del apartheid en Sudáfrica y para promover la democracia en los países del Este de Europa, América Latina, África y Asia. Se han dado pasos para abolir la pena de muerte, para proscribir la tortura, para promover la igualdad de género, para proteger los derechos de la infancia y para invertir la tendencia en la lucha contra la impunidad.
Desde Afganistán hasta Zimbabue, los derechos humanos están siendo violados, descuidados o socavados con audacia e impunidad por gobiernos, grandes empresas y grupos armados. Es necesario que tanto los gobiernos como la sociedad civil renueven su compromiso para convertir la retórica en realidad, y la desilusión y el desaliento, en esperanza y acción.
En Darfur, sigue sin ponerse coto a los asesinatos, las violaciones y la violencia. No basta con que los líderes del mundo se retuerzan las manos ante el horror. Les exigimos que proporcionen a la fuerza de paz de las Naciones Unidas y la Unión Africana los recursos necesarios para que sus efectivos puedan proteger a la población con eficacia.
En Zimbabue, los defensores y defensoras de los derechos humanos y la disidencia política están siendo víctimas de ataques, tortura y encarcelamientos directos y sin derecho a juicio justo. La visita que Amnistía Internacional ha realizado recientemente al país ha confirmado nuestros peores temores. Pedimos a gobiernos como el de Sudáfrica –con influencia sobre el presidente Mugabe–, que hagan uso de toda su persuasión para acabar con estas violaciones.
En Oriente Medio, la impunidad, la injusticia, y los abusos de derechos humanos obstaculizan enormemente la paz y la justicia y, aun así, los líderes del mundo reunidos en Annapolis dedicaron una escasa atención a estos derechos. Instamos a la comunidad internacional a situar los derechos humanos en el centro del diálogo político.
En Myanmar, los monjes de túnicas azafrán se manifestaron con valentía en contra de la represión y el empobrecimiento de sus conciudadanos, pero la Junta Militar aplastó brutalmente la protesta. Los gobiernos de los países vecinos son los principales socios comerciales del régimen militar. Disponen de un poder y una influencia que deben utilizar para presionar al régimen a fin de que libere a Daw Aung San Suu Kyi y a otros presos de conciencia y para hacer posible el cambio.
En Pakistán, los profesionales del derecho que salieron a la calle para exigir el Estado de derecho y la independencia de la judicatura corrieron similar suerte a los monjes birmanos ya que, igual que la Junta de Myanmar, el general paquistaní cuenta con aliados poderosos. Estos aliados deben dar prioridad a los derechos humanos frente a los intereses políticos y las estrategias de seguridad equivocadas. De no hacerlo, corren el riesgo de agravar los problemas relacionados tanto con los derechos humanos como con la seguridad.
Aun cuando las ventajas y oportunidades que ofrece la globalización económica son evidentes, los límites que marcan el respeto de los derechos económicos, sociales y culturales han provocando la marginación y el empobrecimiento de millones de personas.
La comunidad internacional está debatiendo hoy en Bali los peligros del calentamiento global. El actual derretimiento de los derechos humanos en todo el mundo no es hoy una amenaza menor para el futuro de la humanidad, y el llamamiento a la acción es igual de urgente.
Pero en este momento se nos presenta un gran reto: hacer que los derechos humanos sean una realidad.
Desde Afganistán hasta Zimbabue, los derechos humanos están siendo violados, descuidados o socavados con audacia e impunidad por gobiernos, grandes empresas y grupos armados. Es necesario que tanto los gobiernos como la sociedad civil renueven su compromiso para convertir la retórica en realidad, y la desilusión y el desaliento, en esperanza y acción.
En Darfur, sigue sin ponerse coto a los asesinatos, las violaciones y la violencia. No basta con que los líderes del mundo se retuerzan las manos ante el horror. Les exigimos que proporcionen a la fuerza de paz de las Naciones Unidas y la Unión Africana los recursos necesarios para que sus efectivos puedan proteger a la población con eficacia.
En Zimbabue, los defensores y defensoras de los derechos humanos y la disidencia política están siendo víctimas de ataques, tortura y encarcelamientos directos y sin derecho a juicio justo. La visita que Amnistía Internacional ha realizado recientemente al país ha confirmado nuestros peores temores. Pedimos a gobiernos como el de Sudáfrica –con influencia sobre el presidente Mugabe–, que hagan uso de toda su persuasión para acabar con estas violaciones.
En Oriente Medio, la impunidad, la injusticia, y los abusos de derechos humanos obstaculizan enormemente la paz y la justicia y, aun así, los líderes del mundo reunidos en Annapolis dedicaron una escasa atención a estos derechos. Instamos a la comunidad internacional a situar los derechos humanos en el centro del diálogo político.
En Myanmar, los monjes de túnicas azafrán se manifestaron con valentía en contra de la represión y el empobrecimiento de sus conciudadanos, pero la Junta Militar aplastó brutalmente la protesta. Los gobiernos de los países vecinos son los principales socios comerciales del régimen militar. Disponen de un poder y una influencia que deben utilizar para presionar al régimen a fin de que libere a Daw Aung San Suu Kyi y a otros presos de conciencia y para hacer posible el cambio.
En Pakistán, los profesionales del derecho que salieron a la calle para exigir el Estado de derecho y la independencia de la judicatura corrieron similar suerte a los monjes birmanos ya que, igual que la Junta de Myanmar, el general paquistaní cuenta con aliados poderosos. Estos aliados deben dar prioridad a los derechos humanos frente a los intereses políticos y las estrategias de seguridad equivocadas. De no hacerlo, corren el riesgo de agravar los problemas relacionados tanto con los derechos humanos como con la seguridad.
Aun cuando las ventajas y oportunidades que ofrece la globalización económica son evidentes, los límites que marcan el respeto de los derechos económicos, sociales y culturales han provocando la marginación y el empobrecimiento de millones de personas.
La comunidad internacional está debatiendo hoy en Bali los peligros del calentamiento global. El actual derretimiento de los derechos humanos en todo el mundo no es hoy una amenaza menor para el futuro de la humanidad, y el llamamiento a la acción es igual de urgente.
Pero en este momento se nos presenta un gran reto: hacer que los derechos humanos sean una realidad.

